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El tiempo en que descubrimos La Motilla del Azuer

28-10-2014

Esta es la historia de unos profesores y estudiantes del Instituto de Daimiel que decidieron que aquellos montículos junto al río merecían ser excavados.

El tiempo en que descubrimos La Motilla del Azuer

Foto aérea de La Motilla del Azuer (1976). Fuente: Jesualdo Sánchez Bustos

 

Fue en 1962 cuando el dueño decidió hacer un pozo para surtir de agua a los gañanes y trabajadores de la parcela. Perforaron en una ladera del propio montículo, por encima del nivel del suelo. “Encuentran un enterramiento con la clásica forma de posición fetal y algunas vasijas”

 

Antonio Romero y Miguel Herreros inspeccionaban el suelo al paso de sus pies como si algo hubiesen extraviado. Cada vez que levantaban la cabeza, mirando al frente, dominaban el paisaje encaramados en un montículo alfombrado con el verde tardío de otoño. Estaban subidos en La Motilla de los Palacios, en el kilómetro 8 de la carretera que une Daimiel con Bolaños, en el término municipal de Almagro.  

- Hola buenas tardes, pensará usted que estamos locos aquí en lo alto; es que andamos buscando algo porque nos han dicho que aquí aparecían cascotes- se justificó uno de los maestros ante un lugareño.

Ocurrió en el otoño de 1970, recién empezado el curso. Miguel Herreros, veterinario de carrera, era el director del Instituto Laboral de Daimiel, Antonio Romero, profesor de Literatura. Se habían plantado allí, luego de muchas tardes de tertulias en el Casino. Horas en las que teorizaban sobre el origen de ese y otro objeto que algún labrador decía haber encontrado en las entonces inescrutadas protuberancias que jalonan algunas de las vegas de esta parte de La Mancha, las motillas.

 

Miguel Herreros presidiendo un acto en el Instituto.

 

Aquellos años, el Casino de la Armonía operaba de contenedor cultural del pueblo. Allí comulgaban los paisanos con estudios. Su formación y coqueteo multidisciplinar les acreditaba como cicerones e intérpretes de todo lo desconocido al común. Ya hacía algunas temporadas que tenían noticias del hallazgo de elementos muy antiguos en los alrededores de Daimiel. Había llegado el momento de ir a buscarlos y de paso refrescar las anodinas materias curriculares del tardofranquismo.

"Miguel Herreros, hombre de grandes inquietudes, piensa en darle un aire distinto al instituto, promover actividades extraescolares, recuerda en presente Antonio Romero encantado de trasladarse a aquellos cursos apasionantes. Lo que pensaba él, y nosotros también, es que los institutos tenían que cumplir la misma función que las universidades en las ciudades grandes, ser motores culturales de una actividad. En el Casino –continúa Romero- se empieza a hablar del descubrimiento de una serie de restos, de cerámica, cosas extrañas,  pero no en la Motilla del Azuer, hablaban de la Motilla de Los Palacios, la de Torroba. Miguel Herreros y yo, un día nos marchamos a ver la de Los Palacios". Y allí los sorprendió el pastor subidos en todo lo alto. Enseguida les sacó de dudas, estaban en lo cierto.

- Sí claro, aquí aparecen  muchísimos cascotes. Casualmente el otro día recogí una vasija pequeñita que tenía unos huesecillos.

- ¿Podemos verla?

- Sí, vengan ustedes para acá.

Al poco de andar a rebufo del pastor, un piedra en el camino.

- Anda esto es un trozo de molino romano.

- Ah, pues mire usted, de esto tenemos tres en el parador, pero bien colocados, los hemos enjalbegado, están muy bonitos, como son circulares…

Específica Romero que los habían dispuesto en una especie de torrecilla con un resultado muy vistoso, desconociendo que se trataba de parte de un molino romano. "Esto nos hizo sospechar que estábamos ante una situación por lo menos romana, coincide que el paraje era Torroba, que viene de torrens alba. Bueno, pues creíamos ir en el buen camino. Se nos hizo de noche y nos marchamos. El sábado regresamos, subimos con más luz, vimos lo que allí había y, efectivamente, mucha cerámica pintada. Ya teníamos el lugar estratégico para empezar a trabajar con los chicos".

 

La Motilla de Los Palacios

 

Las "escarbaciones"

 

Antonio Romero reconoce que aquello estuvo muy alejado de lo requerido en una cata arqueológica, "yo no voy a hablar de una excavación sino de una escarbación. Escarbando fuimos encontrando cerámica decorada y, estudiando un poco, nos dimos cuenta de que era ibérica. No sabíamos exactamente el momento, sí teníamos la idea de que ibero-romano tenía que ser". Para afinar, recurrían a los tomos de Menéndez Pidal, el manual de consulta donde cotejaban las piezas una vez eran reconstruidas.

"Todo el material que fuimos recogiendo lo llevamos al instituto, al laboratorio de ciencias y allí los chicos iban buscando la forma de casar los cascotes como si fuese un puzzle. Se pegaban los trozos y nuestro profesor de taller reconstruía las vasijas con los elementos que faltaban. Les daba forma con escayola". Romero afirma que, al menos, dos vasijas de aquellas las ha visto en el Museo de Ciudad Real adonde llegarían años más tarde. "Un día apareció una cosa curiosísima, un trocito de cerámica cúbica".

-Ahí va eso- recuerda Romero cómo el portador lo dejó encima de una mesa para análisis de la concurrencia.

- Pero esto es muy raro, tiene agujeritos- se extrañó uno de los profesores, al tiempo que lo limpiaba de impurezas dejando a la vista una especie de dado cocido.

Como otros muchos hallazgos, el objeto pasó la inspección del sanedrín del Casino.

- Oye pero este dado no es de ahora, es muy antiguo- le aclaró a Miguel Herreros otro de los socios.

- Y ¿cómo sabes que es muy antiguo?- preguntó el director del Instituto.

- Porque en los dados modernos las caras opuestas suman siete y este no es el caso, están de forma aleatoria.

El dado en cuestión era más grande, presentaba una arista de entre 1,5 y 2 cm. De barro cocido, la distribución de los puntitos era muy similar a los dados que conocemos.

 

La propietaria Sofía Utrilla Lozano y su marido Gustavo Lozano Rodríguez.

 

La Motilla del Azuer

"Fue el curso 1971-72,  don Miguel Herreros, don Antonio Romero, don Fernando Cabanes, don Manuel Negrillo, también un señor que se llamaba Tirso y, de vez en cuando, don Ricardo Ibáñez o don Cipriano venían a ver qué hacíamos", rememora Joaquín Tiburcio Sánchez, uno de aquellos alumnos. Para entonces, la actividad extraescolar había cambiado de lugar. La Motilla de Los Palacios se quedaba corta, las expediciones sabatinas se habían trasladado a la ribera del Azuer donde casi lindan los términos municipales de Daimiel y Manzanares. Pero, ¿qué les había impulsado a modificar el blanco de las escarbaciones? ¿Cuándo se tuvo noticia de esa otra motilla?

Los terrenos adonde este 2014 llegan los turistas pertenecían a Sofía Utrilla, siendo su marido Gustavo Lozano Rodríguez el encargado de gestionar la propiedad. Fue en 1962 cuando el dueño decidió hacer un pozo para surtir de agua a los gañanes y trabajadores de la parcela. Perforaron en una ladera del propio montículo, por encima del nivel del suelo. "Encuentran un enterramiento con la clásica forma de posición fetal y algunas vasijas". Quien así lo cuenta es el Cronista Oficial de Daimiel, Jesualdo Sánchez Bustos.  Lo primero que hizo Gustavo Lozano fue poner el hallazgo en conocimiento de la Guardia Civil. "Mi padre se personó en el cuartel de Daimiel porque, claro, no podía pasar por alto esos huesos", cuenta Gustavo Lozano Utrilla uno de los pocos testigos de la osamenta en su propio nicho. Desde el principio resultó evidente que los restos humanos pertenecían a una civilización antigua, "esto tiene por lo menos 200 años le dijeron en la Guardia Civil a mi padre". No obstante, no mediando ciencia en el análisis visual de los beneméritos, hubieron de seguirse los trámites.   Una vez recogida la denuncia, pasó al juzgado. El magistrado entendió improcedente abrir pesquisas ante la hipótesis de un crimen.

El profesor Antonio Romero, izquierda y Jesualdo Sánchez Bustos, derecha, Cronista Oficial de Daimiel.

 

Desinhibido el juez, Lozano apeló a su amigo José María Martínez Val, profesor del instituto de 2ª Enseñanza de Ciudad Real quien le solicitó algunos restos para analizarlos en el Anatómico Forense. "Al cabo de un tiempo se determinó que la antigüedad de los huesos era superior a los 100 años", aclara Sánchez Bustos quien cree recordar que fue en torno a 1964 cuando empezó a despertarse el interés en el grupo de profesores del Instituto Laboral. Lo cierto es que no fue hasta 1971 cuando éstos -fogueados en la de Los Palacios- tomaron la determinación de investigar en La Motilla del Azuer. "Me invitaron a que participara. Yo modestamente pensé que no teníamos elementos de juicio ni conocimientos arqueológicos, admite el cronista daimieleño quien apunta cuáles fueron  las primeras elucubraciones sobre el sentido de la motilla, pensaron que aquello (una media naranja emergiendo de la tierra de indudable obra humana) podía ser un dolmen de doble cúpula, una técnica parecida a los bombos, un uso de enterramiento como las pirámides".

Había cierta lógica para sostener tal hipótesis. Lo único escrito sobre estas elevaciones manchegas lo había publicado en 1898 el canónigo torralbeño Inocente Hervás. En su Diccionario histórico geográfico, biográfico y bibliográfico de la provincia de Ciudad Real incluyó un estudio pionero sobre la Motilla de Torralba, situada junto al arroyo Pellejero, cerca del Guadiana. El sacerdote descubrió tres enterramientos y varios niveles cenicientos. Esto le llevó a concluir que se trataba de un túmulo megalítico de carácter funerario. Esa teoría, la Motilla de Torralba como necrópolis de una civilización antigua estaba vigente en los 70, lo normal fue recurrir a esa explicación como cuaderno guía.

"Piensan que abriendo un pasillo hacia el centro de la motilla podían llegar al enterramiento, que hallarían en el interior una especie de habitación grande", explica Sánchez Bustos. "Nosotros habíamos estudiado mucho a Menéndez Pidal  y veíamos que en Peal de Becerro (yacimiento arqueológico en Jaén) había enterramientos de carácter circular. Pero conocimientos, desde luego ninguno, eso era por lo que habíamos leído", aclara el profesor Antonio Romero.

 

El alumno Joaquín Tiburcio Sánchez.

 

El proceso de “escarbación”

Tras unas semanas escarbando, aparecen las primeras pistas que soterran las conjeturas: las formas concéntricas de las murallas en la parte superior del yacimiento. "Con una azada pequeña, sin sacar absolutamente nada, empezamos a seguir la línea de la muralla, pero llega un momento en que eso que creíamos era circular se adosaba a otro elemento donde arrancaba otro círculo. Quedamos absolutamente desorientados", confiesa Romero. "Yo me llevaba herramientas que me proporcionaba Luis García-Pardo, hermano de Julián el que pintó los cuadros de Semana Santa, me dejaba alguna piqueta, pico, azada, pala. Íbamos con bicicleta y a veces en los coches de los profesores", recuerda Joaquín Tiburcio, "íbamos picando y así, pasando la mañana, encontrábamos ánforas rotas, algunas se rehicieron, y también una especie de estatuilla que no sé dónde estará ahora pero que entonces fue un importante hallazgo". "Los sábados íbamos cuatro o cinco coches, cuatro o cinco profesores, Fernando Cabanes, Miguel Herreros, yo que era Jefe de Estudios, el maestro del taller de carpintería Manuel Negrillo que era muy habilidoso…  y cada uno llevábamos a tres o cuatro chicos", señala Romero.

Pese a las dudas sobre el significado de la Motilla, el grupo del instituto siguió extrayendo cerámica de las capas más superficiales, limitándose a casar y pegar. "De pronto, nos vimos con las mesas del laboratorio, todas llenas de cerámica, los chicos llevaban sus cepillos de dientes les echaban agua, limpiaban e  iban descubriendo las formas. Montamos en uno de los despachos de arriba un pequeño museo, dispusimos en vitrinas las cosas que íbamos sacando".

"Llegó el día, -subraya Sánchez Bustos- en que vieron que aquello era superior a sus fuerzas, entonces llevaron un tractor con pala para acelerar los trabajos". "Vino Nico con la pala y la verdad es que algunas piedras quedaron… uff", resopla Joaquín Tiburcio. "Poco después la delegación de Cultura del Ayuntamiento y del Gobierno Civil les dan orden de que cesen y los objetos hallados los entreguen en el Museo Provincial", asevera el cronista. 

 

(FIN DE LA PRIMERA PARTE)

 

Instituto Laboral de Daimiel, 1966. Fuente: Archivo Municipal de Daimiel.

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